Este va por el cuarteto inseparable que va dejando huellas por todos los continentes: Ita, Miriam, Mari y yo.
De ser una mulata que la mayor parte del tiempo se la pasa tostá por el rubio aquel que la calienta en el trópico, mi rostro se habÃa tornado pálido. La jinchera habÃa invadido mi ser. Y a leguas el cuello delataba esas diez libras que habÃa perdido entre vómitos y poco apetito de la pasada semana.
Una Petra un poco menos energética que lo usual, solo un poco. Riendo, sin poder evitarlo. Observando, como siempre. Y una mirada que, pese a su picardÃa, escondÃa cierta nostalgia.
Presente entre el revulú de nacionalidades que suelen llegarle a la casa boricua en la que fui adoptada en la ciudad capitalina. Y al mismo tiempo lejos, esimismada en mi mundo, disfrutando de la paz aquella que recien habÃa recuperado.
**
Esa mañana habÃa ido al último dÃa del campamento de inglés que se extendió por cinco dÃas en el invierno. Luego del almuerzo me unà a las clases de janggo (ìž¥ê³ ) que tomaban mis pequeñines de kinder.
Aunque nunca he tenido destrezas musicales, me estaba desempeñando de lo más bien con ese tambor tradicional coreano que tanto me fascina cuando me interrumpieron para decirme que podÃa irme temprano. (Desde entonces he tratado de conseguir clases privadas sin éxito alguno).
***
Llegué a eso de las siete de la noche a mi casa en Seúl. El corillo se iba congregando para la comida coreana que al cabo de un rato alimentarÃa mi aún débil estómago: cerdo y unos 20 mil said diches más, como de costumbre.
De postre probamos el coquito que Glenid, la joust oficial y dueña de la casa, habÃa preparado pa’ la cena de tri kings que se supone tendrÃamos al dÃa siguiente pero que estaba aún sin confirmar.
Ya lista pa’ dormir, literalmente en pijamas, Edwin -el niuyorican que también se queda ahà los guikenes con su esposa Mabel- me insistió hasta convencerme en que nos fueramos de janga, pese que mi estómago se sentÃa aturdido.
****
Como de costumbre cuando salgo con ellos fuimos a Caliente, un bar de salsa, merengue, bachata y hasta reguetón. Mientras me disponÃa a colgar mi abrigo, aún de espaldas, sentà unas miradas macharranes posarse sobre mi. Sin verles, sabÃa que eran los militares pueltorros jaltándose por la presencia de una latina, cualquiera, en ese momento yo.
Saludé, por aquello de… y me fui al baño. Y justo cuando voy saliendo, escuché mi nombre desde una esquina. Cuando me voltié era David, un compañero de la high que me encontraba randomli por segunda vez en las Coreas.
Andaba con su amigo Félix, otro boricua. No vacilaron en confirmar que al dÃa siguiente serÃan los chefs de la cena de reyes que me habÃa prometido David cuando me enteré que tenÃa el menú criollo que tanto añoraba.
Como a eso de las 4:30 de la tarde recibà a los muchachos que empezarÃan a cocinar los pasteles de plátano, yuca y yautÃa “from scratch”, al mismo tiempo que preparaban arroz con gandules y el mejor churrasco que me comiese en un buen tiempo.
Al rato, llegó Ivan, el pana que me trajo pa’ ca, Glenid con Edwin y Mabel y algunas amistades coreanas pa’ deleitarse con la comida navideña.
Esa noche y el dÃa siguiente, después de desayunar nos la pasamos entre unas cuantas botellas de vinos y otras cuantas de coquito que también hicieron, bebiendo, hablando y riendo.
Después de haber ido al cine esa tarde, en la que desistà de ver Avatar con el corillo y preferà ver Sherlock Homes, pegué los ojos por primera vez desde la mañana del viernes.
El lunes cuando desperté, cogà el bus rumbo a mi casa en Gunsan.
El miércoles saldrÃa para Puerto Rico…
Y asÃ, dice LaPetra.