Por la familia. En particular, Mis Padres, por criarme con todo el amor del mundo.
Esta pendejá de pasar las navidades sin la familia me aterraba un poco. Y más, cuando se trataba de celebrarlas lejos de casa…
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Ya en el 2007, cuando recién terminé mi bachillerato, pasé unas crijmas solas en Puerto Rico. Por aceptar mi primer trabajo como reportera, del cual fui despedida por una supuesta reestructuración interna poco antes de cumplir los tres meses, tuve que bajarme del avión que tomó mi familia para compartir en Colombia con nuestros parientes paternos.
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Habían pasado once años desde que mi hermano y yo fuimos a la tierra que tanto añora mi padre. La primera vez fue para el funeral de mi abuelo, al que nunca tuve la dicha de conocer. Aunque era muy chica para aquel entonces, se quedó un vago recuerdo de algunos hermosos paisajes que recorrimos por el Valle del Cauca.
Me hacía mucha ilusión regresar. Yo había planificado la travesía: conseguí los pasajes, establecí las ciudades que visitaríamos y notifiqué a los primos de Cali con los que siempre me había mantenido en comunicación desde que nos conocimos en el ’96.
Ya estaba to’ plancha’o… hasta que surgió la oferta de trabajo que, en cierto modo, yo deseaba con todas mis ganas. Jelou, había terminado mis estudios, no quería empezar la maestría y tampoco pretendía enfriar los motores despúes de tres meses de una práctica intensiva en aquel rotativo nacional. Ellos no vacilaron y me la cantaron claro, ” te queremos a ti pa’l puesto pero si te vas de viaje, se lo damos a otro porque tenemos que llenar esta vacante con urgencia”. Asique me vi contra la espada y la pared…
Segura de que había tomado la decisión correcta, llevé a mi familia al aeropuerto y les intenté convencer de que yo estaría bien. Sé que mi madre nunca me creyó del todo porque aunque compartimos a cada rato, es en la temporada navideña cuando más tiempo pasamos juntos los cuatro.
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Ese 24 empezamos a festejar desde temprano. Entre las fiestas familiares y las de algunas amistades, mi compañero de aquel entonces y yo llegamos a ir a seis casas diferentes. En la de Roy, hasta nos tocó vestirnos de jibaritos. En casi todas la pasamos divino. Y digo en casi todas porque ese año, por alguna extraña razón, en el pari de mi familia materna habían una fuertes vibras negativas. Cosa que no es usual. Pues, a pesar de las diferencias que naturalmente puedan surgir somos súper unidos.
Bueno, el punto es que despúes de tanto rico bembé, al otro día me encerré en mi casa y no quise salir ni hablar con nadie por largas horas. Esa mañana extrañé levantarme y treparme como una nena pequeña en la cama con mis padres, esperando que el dormilón de mi hermano se despertara y se uniera a nosotros para luego todos abrir lo que nos habría dejado el Niño Jesús. Estaba muy nostálgica. Aunque me invitaron a varios lugares, yo solo quería estar con con los seres que más amo: papi, mami y Daniel. Y creo que el hecho de que salía a las dos de la mañana de un ambiente en el que mi equipo de trabajo me estaba tratando de hacer la vida imposible (y me consta porque eventualmente me lo confesó una de mis ex compañeras y ahora buena amiga), hacía las circunstancias más difíciles.
Al día de hoy, mi madre no perdona que me hayan privado de pasar las navidades en Colombia para luego botarme a los dos meses y medio. Y yo, por mi parte, aunque siempre me he queda’o con ese puyita de que hubiera preferido pasar la época con mi familia, reconozco que la experiencia me brindó unas herramientas esenciales y me abrió muchas puertas, tanto a nivel profesional como personal.
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Volver a sentir esa nostalgia navideña era algo impensable. Y cuando me vine pa’ Corea lo menos que me pasó por la mente fue que estaría una vez más lejos de mis viejos y de mi hermano.
Esta vez, era yo la que se encontraba a más de ocho mil millas del lechón, el arroz con gandules, el coquito, el pitorro, las parrandas y todo ese jolgorio que hace que las navidades pueltorras, que se extienden por casi dos meses, sean las mejores. Sou, antes de que cundiera el pánico, traté de planificar una escapaíta para mi isla querida para, aunque sea, despedir el año en familia. Pero a causa de la gripe porcina, en mi escuela extendieron las clases por dos semanas, y, al momento, trabajo de corrido hasta el 8 de enero. Aún ni me han confirmado cuando son mis vacaciones de invierno. Asique me tocó estar acá…
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Creo que sin darme cuenta me había preparado para quedarme durante el mes de diciembre porque la tradición de la navidades es algo muy reciente en Corea. Pues, las religiones dominantes siempre han sido el Budismo y el Confucianismo. A penas un 25 por ciento de la población practica el cristianismo, y son solo estos seguidores los que suelen celebrar la época.
Aún así, debo destacar que he sentido mucho más espiritú navideño de lo que hubiese imaginado. Según me cuentan, hace 10 años las decoraciones eran mínimas, al nivel de que podían contabilizarse. Ahora, hay árboles, luces y muchos otros ornamentos alusivos a la temporada por doquier: el metro, las calles, los negocios y las casas. Es evidente que la festividad se ha ido comercializando cada vez más. Pero todavía no se percibe caos en las tiendas.
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Por lo menos, mis dos mejores amigos, Ryan y Myles también se quedaron. Acá solo dan el 25 de diciembre y el 1 de enero de libre asique los demás días tenemos que trabajar. A menos que la escuela haya terminado las clases y el campamento de inglés temprano. Pero ese no fue el caso de ninguno de nosotros.
Despúes de trabajar el 24, los tres, más la hermana de Myles que vino de visita desde Inglaterra, cogimos el bus hacia Kunsan, la ciudad donde yo vivo. Myles y Ryan habían sido invitados por su amiga Hana a una inglesia cristiana-coreana y a los cuatro nos tocó participar del servicio programado para esa noche. Tuvimos que cantar cuatro canciones de navidad en inglés y aunque intenté zafarme hicieron una presentación tan linda de mi que tenía que cantar, “no matter guat”. ¡Qué papelón! Tras que canto horrible no me sabía la letra de las canciones. Y pa’ colmo nos dio pavera en pleno escenario por la ausencia de talento de esta servidora. Pero esa gente se lo gozó igual, tanto los viejos como los niños. Además de nosotros, hubo un sin número de presentaciones de canciones de navidad en coreano por los jóvenes de la comunidad. El servicio quedó muy lindo.
Myles y la hermana ya habían planificado quedarse con la familia de Hana que, al igual que todos los demás que asistieron a misa ese día, viven alrededor de la iglesia. Mientras que los planes de Ryan y mios eran volver a nuestras respectivas casas. No obstante, nos tuvimos que quedar todos con Hana porque la neblina en aquella área rural de Kunsan cegaba el camino de regreso, cosa que me obligó a recordar los jangueos familiares en Aibonito. Aquellos tiempos en que mi abuelo Arturo estaba vivito y coleando y tenía su óptica por allá y todos los primos corríamos por el mega terreno. O más atrás aún, cuando mi hermano y yo nos ibamos a acampar en una caseta de “Big Bird” frente a la casa en que vivíamos con mis padres en el centro de la isla.
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Tuvimos la dicha de ser invitados para beber té a la casa del sacerdote de la iglesia, luego de una suculenta y tradicional cena coreana con todos los que allí estaban congregados. A eso de la media noche, nos volvimos a reunir en en salón de la parroquia donde habíamos jugando largo rato con los niños para una oración que obviamente no entendimos un pepino porque era en coreano. Y de inmediato, fuimos a cantar “crijmas carols” por las casas de los más viejos de la comunidad, lo que me hacía que imaginara que estabamos dando parrandas. Aunque la tradición aquí no es como la boricua. Pues, ni nos abren la puerta, ni nos reciben y mucho menos nos dan alcol. Pero dejan de antemano una bolsa preparada con “munchies” que se usarían en el almuerzo del día siguente y, en algunos casos, encienden la luz pa’ dejarte saber que te escucharon.
La verda’ es que no se como sobrevivimos eso de ir de casa en casa porque el frío se puso pelú y no sentiamos los pies mientras caminabamos en esas temperaturas bordeando un lago que estaba congelau. Y pa’ colmo no veíamos nada por aquellos callejones nublados.
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Ya a las nueve y tanto de la mañana yo estaba en casa y los demás de camino a las suyas. A los dos de la tarde nos reunimos en casa de Myles, con Octavio y Bianca, que son dos mexicanos que también andan por acá. Y entonces, empezamos a cocinar nuestro almuerzo coreano-inglés-gringo-boricua. Yo hice el arroz y las habichuelas. Entre todos hicimos las galletas de postre que se quemaron pero que quedaron ricas. Fue una comida muy exquisita, sobre todo porque fue hecha en familia.
Comimos a eso de las seis de la tarde y ya a las siete empezaron a llegar otros maestros de inglés que al igual que nosotros son extranjeros y trabajan en el área de Seocheon. Estuvimos ahí como hasta las cuatro de la madrugada. Les digo que nos reimos en cantidad y nunca paramos de comer por toda la comida y picadera que había. Jugamos varios juegos en los que si perdías, tenías que darte un trancazo de alchol. Asique sabrán que me tomé casi la mitad de una botella de un soju ‘special edition’, una bebida hecha de arroz que era color rosita, porque había que hacer preguntas “random” y no podías reirte. Y yo estuve con pavera casi to’ el juego. Disque yo quedarme seria.
Un poco antes de la media noche, me llamó Glenid, quien se ha convertido en mi madre acá. Ella es quien me recibe en su hogar cada wiken que subo a la capital. Ese fue el toqué especial de la noche porque como buena pueltorra me dijo “mira, mujel ¿donde tú estás? Te estamos esperando en América Latina (que es una barra para ir a salsear y congregarse entre latinos).” Yo le dije que me había queda’o por mi casa y me dijo “espérate, que aquí hay alguien que te quiere saludar”.
Después, salió Derick, otro pueltorro que anda por las Coreas “aquí, saludando desde Cupey, porque tu y yo somos del mismo barrio, Feliz Navidad y cosas lindas que mañana me voy de viaje”.
Por un rato me estuve riendo sola porque a pesar del frío que ha hecho en la temporada, esa noche no me sentí tan lejos de casa como temía. Incluso, estaba medio calientito y me pude quitar las “tights” y lucir mis recién afeitadas piernas, luego de estar por más de dos meses con el cuento de que los vellos me protegerían del invierno…
Y así dice La Petra.
Ja, ja, ja te imagino cantando al frente…si no tenemos la familia y los panas cerca hay que inventar y gozar como se pueda!
Que linda historia navidena … y que atrevida con las piernas como el escote demasiado sexi… ㅋㅋ
Me alegra que hayas pasado unas navidades bonitas a pesar de estar lejos de la familia. Ya regresarán esos días en los que se acurrucaban todos en la cama el dia de navidad. Abrazos.
Te entiendo perfectamente al decir como el trabajo en la profesión que estudiamos te aleja de tu familia en momentos esenciales y luego como se deshacen de uno. Such is life!!! Tu historia confirma la teoría de que un boricua celebra su navidad aunque este en la luna o ocho mil millas lejos. Sigue positiva y disfruta de cada experiencia que te presenta la vida.
Hey Meli! Este me lo gozo y hasta me identifique un poco con el…tanto que lo lei de rabo a cabo! Good one! Enjoy the Island!! Bye!!
meli que linda! que bueno leerte y saber qiue estas bien! disfrutate esta nueva experiencia! al final me dio mucha alegria saber que pasaste una bonita navidad! un abrazo fuelteee!
Esta entrada está hermosa: la nostalgia a tu familia, la neblina en Aibonito, el consuelo de la pseudo-parranda Coreana, el compartir con los amigos y la cálida llamada “desde Cupey” hablan de la Petra sensible que se goza los detallitos lindos de la vida.